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Diario de un fotógrafo en cuarentena “

Desde hace varios días me despierto con una sensación extraña. Estoy seguro de que no soy el único. Abro los ojos y creo que he tenido un sueño, o mejor dicho, una pesadilla.

Pienso que no puede ser real un mundo en el que nuestros abrazos y besos sean un arma letal.

Se me hace un nudo en la garganta al pensar que nuestros mayores –esos que nos lo han dado todo-, pueden estar en peligro y que su vida depende de nuestra solidaridad. Nuestra casa es su vacuna y la mayor esperanza de que todo pronto vuelva a ser igual.

Hemos parado el ritmo frenético de nuestras vidas. Ahora tenemos tiempo de observar lo que pasa a nuestro alrededor. Me detengo a escuchar las historias de las personas. ¡Escuchar, sí, escuchar!. Me sobrecogen las historias de quienes viven momentos terribles de dolor y angustia; aprendo lecciones de quienes están entregando su vida por cuidar a los enfermos y más vulnerables; también esbozo alguna sonrisa gracias a quienes agudizan su ingenio para aportar su sentido del humor en el momento tan duro y dramático de esta pandemia que nos ha tocado vivir.

Este azote de realidad ha sacudido nuestra escala de valores, nuestras prioridades. ¡Cuánto echo de menos las cosas sencillas de la vida!. ¡Cuánto valoro ahora la Naturaleza!. Ésa que siempre ha estado a nuestro alcance y a la que tantas veces descuidamos e incluso maltratamos. La ruta en bicicleta de los domingos por la mañana; un paseo por el puente Romano de mi añorada Córdoba que ahora huele más que nunca a azahar; y como no, la puesta de sol y atardecer desde el Carril de la Lona de mi querida Granada. ¡Ay, mi Granada, qué difícil es vivir en confinamiento contigo!. Como decía el poeta: “Dale limosna, mujé, que no hay en la vida ná como la pena de ser ciego en Graná”.

Estamos aprendiendo la mayor lección de nuestra vida, la que no nos enseñaron ni en el colegio, ni en la Universidad. El tiempo, nuestro tiempo, estaba pasando de manera irreversible y no nos estábamos dando cuenta. Ahora la aparente calma y quietud nos invita a la reflexión, al recuerdo, a soñar con la ansiada libertad y es momento de decidir si cuando todo esto pase estamos dispuestos a cambiar nuestro rumbo o volveremos a cometer los mismos errores del pasado.

Miro a mi hijo, quizás como no lo había mirado en mucho tiempo, y me doy cuenta de lo cierto que hay en esa frase que tanto ignoré, de que nuestra felicidad la tenemos más cerca de lo que realmente pensamos. Su generosa sonrisa me hace ser un hombre lleno de esperanza.

Hoy mas que nunca mamá, papá, hermanos, abuela, abuelo … os siento cerca, aunque nos separe la distancia. Estoy deseando que llegue el momento de poder abrazaros, de poder sentiros y deciros en persona lo que ahora no dejo de repetiros cada día por whatsapp. Os quiero, con toda mi alma.

Sin duda esta pesadilla pasará y aunque volvamos a despertarnos cada día, algo dentro de mi habrá cambiado …  Todo será diferente …

Mientras tanto, yo elijo salvar vidas, yo me quedo en casa … 

yoelijosalvarvidas

yomequedoencasa  

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